A pesar de la oposición de ONG, colectividades italianas y porteños orgullosos de su patrimonio, el grupo escultórico será trasladado de su emplazamiento original

De nada valieron los recursos de amparo presentados ante la Justicia, ni la medida cautelar dictada por ésta, ni el reclamo unánime de las colectividades italianas y de tantos porteños interesados en la preservación de su patrimonio histórico y cultural. El monumento a Cristóbal Colón no sólo yace hoy completamente desguazado, en la plaza del mismo nombre, detrás de la Casa Rosada, sino que es el testimonio irrefutable de que se obedeció al capricho presidencial de quitarlo de su lugar original y, también, de la falta de transparencia en el manejo de la cosa pública tanto de parte del gobierno nacional como del de la ciudad de Buenos Aires.

Como ya se publicó en estas columnas editoriales, por un acuerdo hecho entre ambas administraciones en diciembre pasado, se le buscará al monumento del almirante algún otro emplazamiento en la ciudad -se discute todavía que pueda ser en una plaza de Recoleta o en Villa Lugano-, mientras que el lugar detrás de la Casa Rosada será ocupado por el monumento a Juana Azurduy donado por el gobierno de Bolivia.

 

La mayoría de las asociaciones de la comunidad italiana coinciden en rechazar la medida del traslado; ayer se hizo una reunión frente a la Pirámide de Mayo y se continuará con otras, con la intención de presentar finalmente un petitorio para que se prohíba el traslado del monumento y requerir su inmediata reconstrucción y puesta en pie en la plaza Colón.

 

Como se recordará, una de las razones esgrimidas en su momento por el gobierno nacional para comenzar las tareas de desmantelamiento del grupo escultórico fue que se trataba de trabajos de restauración y mantenimiento. Esto fue hecho contrariando lo aconsejado en los informes presentados por especialistas en preservación sobre el peligro de desmontar el monumento, que sufriría fisuras y otros daños.

 

Hoy, ante el hecho consumado del desguace ya completado, es válido preguntarse si aún puede sostenerse el engañoso argumento de que se podrá hacer el traslado a algún otro punto de la ciudad. Porque ¿cómo reconstruir la belleza de un monumento tan representativo de la cultura de la Argentina, forjada por dos pueblos unidos por lazos de sangre y por una historia de integración total a una nueva patria?

Es mucho lo que estaba y está en juego detrás de este verdadero atropello que una vez más se ha cometido contra las decisiones de la Justicia y ante los fundados reclamos que han ido presentando distintas ONG y las colectividades italianas. Quitar la estatua del descubridor de América es un gesto de arrogancia, por un lado; de profundo desconocimiento de la historia, por otro, y de enorme desprecio hacia los sentimientos de los ciudadanos de Buenos Aires para con su patrimonio, un símbolo de fraternidad que fue justamente fruto de una donación del pueblo de Italia en el Centenario de la Revolución de Mayo. Todo eso es lo que se ha destruido ahora y ante la vista de todos.

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